Voz fuerte y un corazón blandito, como la madera

, Historia

Escuela de Artes y Oficios Don Orione (parte II). Rutinas, pequeñas anécdotas y recuerdos afectuosos sobre una escuela que formó reconocidos carpinteros.

        Humberto Grimi nació en la provincia de
Santa Fe y, buscando mejor suerte, llegó a la ciudad de Buenos Aires, donde se
instaló en una pensión. Inició su vida laboral en Tigre, en la Escuela de Artes y Oficios
Don Orione y, cuando ya se sintió seguro con sus ingresos, trajo a su esposa.

        El segundo hijo de don Humberto, Néstor,
quiso agregar algunos datos a la semblanza de su padre hecha por el Negro
Acuña.

        “Con mi hermano mayor éramos unos
sabandijas, así que mi mamá nos decía ‘cuando venga tu padre’, pero mi viejo
nunca nos pegó, con la mirada ya bastaba”.

        Según Néstor, su padre era rutinario y
serio y con sus alumnos era más compinche que con sus hijos. “A los alumnos los
trataba de vos, no era nada formal, era muy observador, les hablaba, por eso
creo que lo quisieron tanto”.

        A Humberto Grimi le gustaba ser
profesor, nunca quiso poner su propia carpintería y siempre rechazó las
propuestas que le hicieron sus ex alumnos.

El maestro Grimi en el centro de la foto y, en el extremo derecho, el Negro Acuña

        En sus últimos años de trabajo, “para
aumentar la jubilación, empezó a dar clases en la Técnica 5 y en la Media 7, donde daba la teoría
y la práctica la hacía en el taller de Coco Urralde, en el puerto”. Pero,
lamentablemente, un año antes de la jubilación, lo sorprendió la muerte. “Nunca
vi enfermo a mi papá, pero era un gran fumador”.

        Néstor plasmó el afecto que los
estudiantes sintieron por su padre: “Cuando falleció, mi papá no tenía casa.
Había comprado un terreno en Rincón y sus ex alumnos, entre ellos el Negro
Acuña, le hicieron la casa a mi mamá”.

Mucho hacer y un poquito de
teoría

        Con su voz profunda, en el inicio del
día de clases, el maestro Grimi formaba a los estudiantes y empezaba a decir el
Padre Nuestro y “cada vez iba bajando más la voz y seguían solos los alumnos.
Por eso los muchachos me decían ‘parece que tu viejo no sabía el Padre Nuestro’,
porque arrancaba fuerte y después bajaba la voz”, recordó jocosamente Néstor
Grimi.

        En la escuela había una rutina que todos
cumplían y una característica que les permitía tener materiales para trabajar:
todo lo que hacían, se vendía. “Nada se hacía por hacer. Se recibían pedidos y
nosotros hacíamos eso”, destacó el Negro Acuña.

        El aprendizaje del oficio era gradual:
“En 1° año todo era manual; en 2° ya se empezaba con máquina; en 3° y 4° se
hacían los muebles más delicados. Uno empezaba el mueble y, cuando lo
terminaba, se llevaba a cabina de pintura y el mismo que lo fabricaba, lo
lustraba. Se lustraba a muñeca”.

        Los alumnos no podían llevarse materias;
aquel que tenía mala conducta, era echado. Por eso, de los 11 que ingresaron en
1964, sólo 4  terminaron. “Uno de
ellos ya partió; de los 3 que estamos, uno se fue a vivir a Italia hace muchos
años y, por supuesto, tiene una carpintería”.

        La mayor cantidad de horas eran
dedicadas al taller; también tenían teoría: “El profesor dictaba y nosotros copiábamos
y después estudiábamos de ahí. Libro no había. Aunque estudiábamos de memoria,
cuando rendíamos, el maestro nos cortaba y pedía que explicáramos. Así que
también teníamos que razonar”.

        En 3° año se agregaba Castellano: “Venía
una señorita mayor, jubilada, una maestra de la isla. Le pusimos Adelaida. Era
excelente, tan buena. Los días de lluvia nos traía tortas fritas”, contó el
Negro Acuña con una mezcla de picardía y afectuoso recuerdo.

        “Los dibujos los hacíamos en hojas
tamaño oficio, perspectivas, sombreado; y el maestro, una vez que estaba listo
y aprobado, lo sellaba con un espray para mantenerlo en el tiempo”.

        En un clima de camaradería, los jóvenes
trabajaban con su jardinero gris y un delantal con un bolsillo adelante para
poner las herramientas. Tenían un uniforme que era un pantalón gris, camisa y
“el que llegaba al saco, saco azul”.

        Con ese mismo uniforme debían ir a misa
todos los domingos; se confesaban y comulgaban y, cada tanto, les tocaba
oficiar de monaguillos.

        Con satisfacción, el Negro Acuña se
explayó en sus recuerdos; mucho más le queda en el tintero y su corazón dirá,
igual que el poeta: “De cuanto conozco y reconozco/ entre todas las
cosas, es la madera mi mejor amiga
”.

Por
Mónica Carinchi

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