De barcos, ballenas y carpinteros

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Después de recuperar los restos de un barco, recuperan un oficio tradicional. Con una historia milenaria en la construcción naval, el pueblo vasco intenta revivir un oficio artesanal que prácticamente ya no tiene cultores. Alrededor del descubrimiento del ballenero San Juan se están recuperando historias y saberes que establecen un puente entre el pasado y un futuro que puede necesitar de esos conocimientos.

        Durante  muchos siglos, Europa iluminó sus calles y residencias con aceite de ballenas. Para obtener este valioso combustible (a precio actualizado, un barril de 200 litros costaría €5000), marineros vascos se lanzaban desde el mar Cantábrico hacia la isla de Terranova, en el mar sub-ártico de la actual Canadá.

        Hacia esa zona inhóspita partió la nave San Juan en 1565, desde el puerto de Pasaia (actual pueblo de San Juan, unos pocos kilómetros al norte de San Sebastián).

        El San Juan fue una nave extraordinaria, construida con haya, roble y abeto; se usaron 467 m2 de tela para hacer sus velas.

        En el verano nórdico, con 60 intrépidos hombres, se hizo a la mar. En octubre, cuando ya el barco estaba cargado con miles de barricas de aceite (se producía en el mismo lugar en que se cazaban las ballenas), listo para regresar a Pasaia, una tormenta rompió las amarras, el viento llevó al barco de aquí para allá, encalló y se hundió. Desde la costa, los marineros vieron desaparecer el trabajo de meses.

        Los vascos lograron retornar a su tierra y, al año siguiente, el capitán volvió, decidido a recuperar la carga perdida. Estaba seguro de que, cuando las aguas se descongelaran, las barricas flotarían; eso pasó y logró recuperar el 50% de los barriles. El barco quedó sepultado para siempre en aquellas gélidas aguas.

Recuperar un barco y un oficio

        El cargamento que depositó en Pasaia fue importante, pero se había perdido la mitad y el barco entero. Comenzó la disputa por el reparto y la imposibilidad de llegar a un acuerdo, hizo que la cuestión concluyera en un juicio.

        Gracias a la existencia de esa documentación, la investigadora Selma Huxley reconstruyó la historia del San Juan y arqueólogos subacuáticos canadienses encontraron el ballenero, envuelto en una capa de lodo e hielo durante más de 4 siglos.

        Haber encontrado los restos del San Juan permitió estudiar las características de las embarcaciones de aquella época y descubrir algunas “rarezas” del ballenero: su quilla fue hecha con un sólo tronco de haya, con una curiosa forma que remonta a técnicas medievales que, ya en el momento de su construcción, estaban desapareciendo.

        Las restantes piezas están hechas de roble. Una curiosidad es que los vascos “sembraban” bosques y les iban dando a las ramas las formas que necesitaban para cada pieza del barco. Muchos de esos árboles iban a ser utilizados por generaciones posteriores de carpinteros de ribera. Naturales o plantados, los bosques son siempre para el futuro.

        La investigación minuciosa sobre los restos del San Juan está siendo utilizada para hacer una réplica que estará terminada en el 2020. También sirve para recuperar un oficio que se está perdiendo: carpintería de ribera.

        El oficio se está perdiendo en Europa y también en Argentina. Los amantes tigrenses de la náutica lo saben muy bien, por eso los integrantes del Museo Náutico Argentino buscan un lugar no sólo para exponer las cientos de piezas que ya han reunido, sino también para desarrollar una escuela de carpintería de ribera, aprovechando los conocimientos de muchos de ellos y de los viejos carpinteros que aún están con vida.

        Una diferencia entre los vascos y los argentinos, es que aquellos lograron fundar Albaola, Factoría Marítima Vasca, un museo que incluye una carpintería donde voluntarios aprendices están aprendiendo este oficio y reconstruyendo el ballenero San Juan y otros barcos históricos. Tienen un museo y un gran taller; cuentan con el auspicio de organizaciones internacionales, municipios, empresas e instituciones varias. ¿Podrá el Municipio de Tigre entregar un espacio sobre la costa al Museo Náutico Argentino? ¿Podrán instituciones y empresas radicadas en Tigre apadrinar esta iniciativa? ¿Podremos nosotros recuperar un oficio característico de nuestra localidad?

        Botar una canoa de remo en el 2020 sería la mejor respuesta.

Por Mónica Carinchi

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