Un emprendimiento que surgió partiendo del uso de la nuez pecán

Los Pelones. En la primera sección de las islas del Delta, sobre el río San Antonio, se encuentra el emprendimiento de Lucía Noailles, Los Pelones. De manera artesanal, trabaja las frutas de estación, así que sus productos van variando según la época del año. Bombones de nueces pecán, mermeladas, conservas, todo un mundo de delicias caseras producidas en la isla. Actualmente, junto con otros productores de la zona, armaron un camino de productores isleños que es visitado por pequeños grupos de turistas. Para más información Facebook Descubriendo el Delta.

        Una vez recibida de Lic. en Gestión Ambiental, Lucía y su esposo se instalaron en la isla con una clara decisión: trabajar allí aprovechando lo que la naturaleza provee. “Vivir en la isla y tomar todos los días la lancha para trabajar en el continente, no, gracias”, dijo, contundente, esta neoisleña que desde pequeña visitaba la zona y pudo cumplir su sueño.

        Mirando, mirando, encontraron que tenían árboles de pecán, casi comidos por el monte. “Les sacamos todo el monte de encima, los podamos y siguen produciendo. Después plantamos más, nos contactamos con vecinos que tienen árboles y les compramos las nueces, con otros hacemos trueque”.

        En esos primeros tiempos, Lucía subía con su esposo a una canoa y, mate en mano, recorrían los arroyos buscando gente que tuviera nogales y quisiera vender. Así trabajaban y disfrutaban de la paz del lugar.

        “Nos hemos reunido/ para alabar el agua./ El bote se acuesta/ y la palpa./ El viento mete su peine/ en los pabellones de la espuma./ Subidos a la tarde fresca/ dejamos los pies sueltos en la corriente”. (C.E.U.).

        La nuez pecán es un recurso poco explotado. “Hay gente que dice que no sirve, sin embargo es más nutritiva que la nuez chilena. Hay que saber tratarla; si cae al suelo, como está húmedo, el fruto también se humedece. Entonces hay que secarlos, porque si no, al mes de pelarlas, se llenan de hongos”.

        Por ensayo y error y también haciendo cursos, se hicieron expertos. “Aprendimos que hay que secarlas en hornos eléctricos porque el horno a gas las quema por fuera y adentro siguen quedando mojadas. Nosotros las secamos al 5%, así no se echan a perder y mantienen su valor nutritivo. En la heladera se pueden tener 6 meses; freezadas, un año. Antes, como no sabíamos esta dinámica, para fin de año ya no teníamos más nueces. Ahora ya tenemos todo el año, porque, cuando se va terminando una cosecha, ya viene la otra”.

        Según dicen, el pecán fue introducido por Sarmiento en el Delta. Ahora, ya hace unos años, Lucía, Gabi y sus niños, pelan y pelan nueces, por eso, cuando estaban buscando un nombre para el emprendimiento familiar, surgió: Los Pelones.

Acomodándose a la vida

        “Cantan las hojas,/ bailan las peras en el peral/ gira la rosa,/rosa del viento, no del rosal./…./cuerpo que flota, luz, oleaje;/todo es del viento/ y el viento es aire siempre de viaje”. (O.P.).

        El viento que, a veces, juega y otras estropea, puede tirar las frutas; también hay animalitos que compiten con los humanos; y siempre está la marea. “Nos fuimos acomodando con todas las situaciones de la naturaleza, de las lanchas y de la vida. Si hay marea, hago producción; no hay marea y salió el sol, vamos a vender; si a comienzos del calor aparecen las gatas peludas, las sacamos una por una y terminamos todos picados. Uno va acomodándose a las circunstancias temporales y familiares”, explicó Lucía.

        Después de las nueces, llegaron las mermeladas. “También tenemos cítricos, membrillos, ciruelas, duraznos. En invierno hago mermeladas de naranja y jengibre, mix de cítricos. Vitamina C a full. La naturaleza es sabia, pero en general la gente no hace esta lectura, porque está acostumbrada a ir al supermercado y comprar cualquier cosa en cualquier momento”.

        En efecto, cada vez se comen más productos industrializados, que, incluso, no sabemos cómo están elaborados. ¿Quién conoce la fórmula de coca-cola? Las mermeladas industriales se hacen con gelatina, colorantes, conservantes. Enfermedades inusuales para niños pequeños, como diabetes y obesidad, van en aumento. ¿Casualidad? No, una alimentación industrial que enferma.

        “Mis productos son regionales, artesanales, elaborados en pequeña escala. Hago tiradas de 8 a 10 dulces. Son realmente caseros. Les pongo más fruta que azúcar y esto es lo que hace que se conserven”.

        Prácticamente no generan desperdicio: “A los cítricos sólo les sacamos las semillas. Cortamos las frutas en rodajas y las ponemos en agua y eso le saca el amargor. Esa agua también se usa. Y en la cáscara está el alimento, así que también la utilizamos”.

        A las cotorras y a las pavas de monte también les gustan las frutas, entonces hay que espantarlas, poner espantapájaros o mosquiteros alrededor de la copa. Para las comadrejas, “dos gatos y una perra”, precisó Lucía.

Camino de productores isleños

        Desde hace un tiempo, Lucía recibe grupos turísticos en su cocina. “Aprenden un montón porque yo tengo carteles, por ejemplo con las propiedades de la nuez pecán. Hacen degustación y, a veces, me dicen ‘todo lo que hacés, engorda’. Pero en general, la gente come muchísimos hidratos de carbono que engordan un montón y no alimentan. La gente dice ‘la palta engorda’, que deje de comer galletitas y gaseosas y se coma una palta que es un alimento buenísimo”.

        Como le gusta trabajar en comunidad, armó con sus vecinos un camino de productores isleños. “Es un recorrido en nuestro barrio, que está entre el muelle San Antonio (en el río San Antonio) y el arroyo Felipe. Somos unas 25 familias y varios productores y nos juntamos para ofrecer un servicio al turismo, pequeños grupos para poder interactuar y que no sea invasivo para los vecinos. Me entusiasma, va a ser muy bueno para todos”.

        Otra manera de generar lazos solidarios es el trueque: “Hacemos intercambio con otros productores, con gente que tiene fruta y no la usa. Vamos buscando la forma de vivir, en la isla se puede tener huerta, gallinas, miel. De hambre uno no se muere y, además, come sano”.

        Ésta es la búsqueda de Lucía: no alterar el ambiente, no contaminar, producir con conciencia. “Yo no quiero tener una fábrica de dulces dentro de un humedal, no quiero alterar la dinámica del lugar. Lo que más amo de la isla es danzar con la naturaleza de una forma respetuosa y consciente”.

        A danzar la vida, entonces, teniendo como escenario la isla.

Por Mónica Carinchi

Deja un comentario