Una tradición llegada del Adriático

Lutier de acordeones. Orgulloso del legado recibido de su abuelo Aldo Mazzieri, el joven sanfernandino Luciano Mazzieri hace reparación integral de acordeones. Con precisión y profesionalidad, se sumerge en el corazón de los instrumentos durante horas. Además de algunas recomendaciones en el cuidado del acordeón, compartió con este medio la historia de su familia que se inicia con una caminata para escapar de la guerra. Para contacto: Facebook.com/mazzieriluthier

Después de una jornada de trabajo en la fábrica de acordeones Paolo Soprani, en su pueblo natal, Castelfidardo, Aldo Mazzieri tomaba su bicicleta y ponía rumbo al mar. Contemplando las tranquilas aguas del Adriático, soñaría. La música del acordeón, ¿acompañaría sus sueños?

Con 23 años, Aldo presenció el inicio de la 2da. guerra mundial y como no quiso ser parte de esa locura, “estuvo una semana caminando por las montañas, cruzó a Yugoslavia y pudo escapar. Vino a Argentina, donde ya tenía un hermano”, contó su nieto, Luciano Mazzieri.

Atrás quedó Castelfidardo, la capital mundial de los acordeones. El joven Aldo se embarcó en busca de paz. Trajo con él un cargamento de acordeones para vender en Buenos Aires, pero se perdió en la aduana y “el abuelo estuvo llorando un año seguido”.

 

El legado

Como no es posible llorar toda la vida, Aldo se arremangó y comenzó a hacer lo que sabía: preparar voces del acordeón. Trabajó en la famosa Casa América hasta que cerró. “Parte de la indemnización se la pagaron con máquinas, entonces montó un taller en San Andrés, donde trabajaba con mi papá. Fabricaba las voces, llegó a vender 25 mil juegos de voces por mes. Después, con la importación, fue más barato traer las voces de Italia que fabricarlas acá”.

Ahora, Luciano y su padre continúan con este oficio. “Yo soy la cuarta generación, porque mi bisabuelo también se dedicó a esto”.

Mientras que su padre afina en un banco de trabajo que fue de su bisabuelo, Luciano repara fuelles, cajas y botones con herramientas que usó su abuelo.

El taller de San Andrés es perfecto para la afinación, ya que es una zona muy tranquila. “No puede cantar ni un pajarito, no puede haber un ventilador prendido ni el aire acondicionado, es necesario silencio absoluto porque cualquier sonido puede hacer variar la afinación”.

Por su parte, Luciano trabaja en San Fernando, inclinado durante horas sobre el instrumento. “Muchos de los acordeones tienen 50 años como mínimo. Hay repuestos que escasean, entonces recurrimos a la artesanía, a tratar de salvar las piezas. Nosotros tenemos stock de voces y lengüetas, pero hay gente que compra acordeones en mal estado sólo por las voces”.

La humedad, el polvo, los pelos de los gatos y las polillas hacen estragos en este sensible instrumento. El especialista recomienda guardarlo en un lugar seco y, una vez al año, hacerle una limpieza a fondo.

En el mercado se pueden encontrar acordeones italianos, alemanes y chinos, que Luciano no recomienda. Si bien los alemanes se destacan por su sonido porque las voces están hechas con acero de buena calidad, “mecánicamente son muy complicados, tienen materiales muy endebles y mucho plástico. En cambio, los tanos los hacen bien portentosos”.

Como dice Luciano, donde suena un acordeón, todo se alegra. Quizás por esto mucha gente está aprendiendo a tocarlo; quizás, también, porque frente a la globalización, las comunidades están reivindicando las costumbres de los abuelos.

“Yo estoy enamorado del legado que me dejó mi abuelo. Orgulloso, tratando de aprender cada día más”, confiesa Luciano, con lágrimas en sus ojos. Por supuesto, espera que su hijo Santino, de 6 años, continúe la tradición y seguramente así será, ya que el niño gusta de acercarle las herramientas en el taller y le dice a sus compañeritos: “Mi papá arregla acordeones”.

Por Mónica Carinchi

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